El almuerzo concluyó bajo una atmósfera de aparente armonía que Delfina había tejido con hilos de seda y engaño. Al subir a la suite privada, el eco de sus pasos sobre el mármol resonaba con una cadencia de victoria silenciosa. Una vez dentro de la alcoba, Zayd cerró la puerta y se despojó de la formalidad de su capa exterior, girándose hacia Delfina con una mirada en la que, por primera vez, el deseo se mezclaba con una admiración genuina.
—Me has dejado sin palabras, Delfina —confesó Zayd, av