El gran salón del palacio presidencial bullía con el tintineo de las copas de cristal y la música de cámara. En el centro de la pista, rodeado por un fuerte cordón de agentes del servicio secreto, el presidente de la república conversaba animadamente con Damián Petrov y el Jeque Zayd.
Al notar la aproximación de Alaric y Luka —quienes avanzaban con la pesadez ensayada de sus trajes de silicona, luciendo como los dos empresarios gordos, calvos y toscos—, el mandatario sonrió con complicidad y le