La pantalla gigante del despacho iluminaba el rostro pálido de Anastasia y la mirada petrificada de Alaric. La voz de Damián retumbaba en las paredes con una frialdad enfermiza mientras la cámara enfocaba a Mónica, atada y con el rostro golpeado.
—...Tienes doce horas, Alaric —sentenciaba Damián a la mitad de la transmisión, pegando el cañón de la pistola a la sien de la chica—. Me vas a entregar a Anastasia, cederás todo el poder de tu imperio a mi gente y te entregarás tú mismo. Si no lo hace