El ambiente en la residencia de Miami era denso, tóxico y helado. Anastasia caminó a paso firme tras las huellas ensangrentadas de su esposo hasta llegar a la oficina principal. Alaric estaba de pie junto al ventanal, con la mirada perdida en la noche, respirando con pesadez y apretando los puños nudosos y cortados contra la madera del escritorio.
Anastasia cerró la puerta con seguro y se acercó a él con cautela. Con sutileza, tomó una toalla limpia, la humedeció con alcohol y comenzó a limpiar