El gran salón de la residencia presidencial relucía con una opulencia que rozaba lo obsceno. Flores blancas importadas, candelabros de cristal y las figuras más poderosas del continente llenaban los asientos de primera fila.
El Presidente de la República conversaba en voz baja con el Jeque y Delfina, quienes observaban el despliegue con esa fría indiferencia propia de la élite que se sabe intocable. La plana mayor de la Bratva custodiaba cada rincón, con las manos atentas a las fundas de sus a