La puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido hermético, aislando el interior de la suite de la fría vigilancia del pasillo. Anastasia, con la bata de seda desordenada y el rastro de la bofetada marcado en la mejilla, y Coni, pálida y con la respiración entrecortada por el asma, miraron fijamente al trío que acababa de ingresar.
Al reconocer el rostro limpio de Thiago entre los dos extravagantes y corpulentos asistentes, el muro de contención de ambas se derrumbó.
Desconsoladas, corrieron