El tic-tac del reloj digital de la mesita de noche marcaba las dos de la mañana. La suite principal estaba sumida en una penumbra azulada, rota únicamente por los hilos de luz de la ciudad que se colaban por el gran ventanal. Alaric dormía a su lado, con su respiración profunda, pausada y constante, rodeándola con la pesadez protectora de su brazo sano.
Sin embargo, Anastasia no estaba tranquila.
El cuerpo le ardía y la piel le hormigueaba por la excitación retenida. Cada vez que Alaric se moví