La habitación está en penumbras, apenas iluminada por la luz mortecina que entra desde el jardín. Llevo más de una hora lista, sentada al borde de la cama, esperando que la noche termine de caer. Me puse una licra negra, tenis y un buzo holgado que oculta el bulto de mi vientre, siguiendo las órdenes de Sebasten al pie de la letra. No tengo ganas de discutir, ni de llevarle la contraria; la necesidad de respuestas ha sobrepasado mi orgullo.
Me acuesto de lado en el colchón, encogiéndome un poco