SEBASTEN.
Me sirvo un trago de whisky puro en el despacho mientras el doctor Bellingham organiza los resultados de los análisis de Aurora sobre mi escritorio de caoba. El silencio en la habitación es pesado, tenso y asfixiante. Me recargo contra el ventanal, observando la línea oscura del bosque exterior, pero mi atención está completamente centrada en los papeles que el médico clasifica con meticulosidad clínica.
—Habla ya, Bellingham —le ordeno, dándole la espalda a la ventana para encararlo—