—¡Míralo, es diminuto! —chilló Vanya en un susurro emocionado, estirando un dedo con cautela para rozarle la manita.
—Tiene los puños cerrados como si fuera a pelear con alguien —añadió Valery con una sonrisa enorme, totalmente fascinada—. Es igualito a ti, Sebasten. Tiene esa misma cara de pocos amigos desde que nació.
Lenora dejó el cepillo sobre la peinadora y se acercó despacio, mirando al pequeño con una dulzura impecable. La dureza de la matriarca desaparecía por completo cada vez que ten