AURORA.
El sol apenas rasgaba el cielo por encima de las colinas cuando me levanté de la cama. El tirón en el vientre seguía ahí, pero el dolor agudo de la cesárea había cedido lo suficiente como para dejarme caminar erguida. Me envolví en una bata suave y caminé a pasos lentos hacia el balcón de la habitación, empujando la puerta de cristal.
El aire de la mañana estaba helado, pero abajo, en el centro del patio interior, toda mi atención se congeló.
Sebasten estaba de pie bajo el primer rayo d