AURORA
El doctor Bellingham desliza el transductor por mi vientre helado. El silencio en la sala es denso, asfixiante. A mi lado, Sebasten me aprieta la mano con una fuerza que me entumece los dedos, pero no me quejo; necesito sentir su agarre para no desmoronarme. Lenora y Vladimir observan desde unos metros atrás, inmutables, mientras el ruido rítmico y acelerado del ecógrafo empieza a retumbar en la pantalla.
—El latido está presente y fuerte —anuncia el médico, dejando escapar un suspiro co