La calma en Brooklyn era una mentira. Me di cuenta una noche de martes mientras sacaba la basura. Un coche negro, con los cristales tan oscuros como el carbón, estaba aparcado al final de la calle. No tenía matrícula. El motor estaba apagado, pero sentí el calor que emanaba del metal. Alguien nos estaba vigilando desde las sombras que yo creía haber iluminado.
Entré en el apartamento y cerré los cerraduras con una fuerza que no usaba desde hacía meses. Maya estaba en la cocina, tarareando una c