Estábamos allí: el abogado de la familia, Julián en una esquina como una sombra vigilante, y yo, sentada frente a una pantalla de cincuenta pulgadas.
En el monitor, la imagen granulada de mi padre aparecía desde la sala de conferencias de la prisión. Se veía demacrado, pero sus ojos seguían destilando ese veneno que me había perseguido toda la vida.
—¿Empezamos, Elena? —preguntó Ricardo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Estoy ansioso por ver qué migajas nos dejó tu madre.
El abogado