La luz del amanecer en Nueva York siempre me había parecido esperanzadora. Ahora, filtrándose por los ventanales del ático, solo me recordaba que otra jornada de guerra corporativa estaba empezando. Me levanté de la cama con lentitud, sintiendo el peso de mi vientre como un ancla que me mantenía unida a la realidad.
Me miré al espejo. Ya no era la chica de los vestidos vaporosos y la mirada asustadiza. Llevaba un traje sastre de seda color marfil, impecable, y el cabello recogido en un moño tir