El viento soplaba con una fuerza gélida en los muelles de Brooklyn. Eran las tres de la mañana, y el puerto estaba sumido en una oscuridad salpicada solo por los focos industriales que iluminaban los contenedores apilados como montañas de hierro.
Me ajusté el abrigo de lana sobre mi vientre. Julián estaba a mi lado, con la mirada escaneando cada sombra. Sus hombres estaban posicionados estratégicamente, pero yo era quien iba a dar la cara.
—Elena, esto es un error —susurró Julián, su aliento fo