Me miré al espejo del camerino improvisado en el Metropolitan. El vestido que había elegido era de un negro absoluto, largo, con una caída de seda que disimulaba la pequeña curva que empezaba a asomar en mi vientre. Me toqué el abdomen con suavidad. Sentí una punzada, un pequeño aviso de que no estaba sola en esta batalla.
—Hoy nos toca ser fuertes, pequeño —susurré.
Mi desarrollo emocional en las últimas 24 horas había sido radical. Ya no sentía ese vacío en el pecho cuando pensaba en Julián;