Me quité los tacones y caminé descalza por la alfombra fría, sintiendo cada paso. En mi mano derecha llevaba una copa de agua con limón —mi nuevo compañero de náuseas— y en la izquierda, el mando que controlaba la seguridad de todo el edificio.
Julián estaba sentado en el sofá de cuero, con la camisa abierta y el vendaje del hombro ligeramente manchado. Me observaba con una intensidad que me ponía los pelos de punta. Ya no era el cazador; parecía un soldado esperando que su general le diera per