REYNOLDS:
Sabía que Alaya estaba haciendo un gran esfuerzo para mantenerse cerca de mí por la seguridad del bebé. Se había aferrado a mí con fuerza cuando el avión aterrizó. Ragnar vibraba satisfecho en mi pecho soltando feromonas para tranquilizarla. Nuestra Luna era en verdad cobarde, le temía a todo. Cuando todo se detuvo, me puse de pie junto a mis hombres para dirigir todo. Para mi sorpresa, Alaya me tomó por la mano.
—¿A dónde vas? —preguntó sin soltarme.
La miré preocupado, se acercó a m