43. LA CONSULTA

ALAYA:

Reynolds no respondió de inmediato, aunque el suave gruñido que escapó de su garganta me dejó claro que tampoco sabía qué hacía mi padre ahí. Me soltó la mano con cierta indecisión, y ese gesto generó en mí una punzada de vacío imposible de ignorar.

—Voy a averiguarlo. Espérame aquí, mi Luna —dijo mientras me señalaba una silla cercana.

—No, voy contigo —insistí, apretando los labios. No estaba de ánimo para seguir sus órdenes; si había algo relacionado con mi padre, quería estar all
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