44. EL MIEDO DE ALAYA
ALAYA:
Mi mano tembló, pero aun así la dejé descansar sobre la suya, recibiendo su calidez, mientras mis ojos escrutaban los suyos, buscando la respuesta. Sin embargo, en lugar de turbulencia, encontré una resolución tranquila y firme.
—No digas eso, mi Luna —respondió Reynolds con calma—. Él será aceptado tal y como sea. Humano o lobo, no importa. Lleva mi sangre y lleva la tuya. Es nuestro hijo… y será amado como merece.
No estaba tan segura de eso. Aún me quedaba la duda de si era suyo o de