Esa mañana, el desayuno transcurrió en un silencio pesado. Alfonso movía la cuchara de un lado a otro dentro del plato sin probar bocado, tenía la mirada perdida en algún punto de la mesa. Lila lo observaba con preocupación creciente. Sus ojos, normalmente firmes y protectores, parecían nublados por algo que lo atormentaba.
Finalmente, no se resistió.
—¿Qué pasa por tu cabeza, amor? —preguntó con suavidad, extendiendo la mano sobre la mesa.
Alfonso soltó la cuchara y pasó la servilleta por su b