Isabel esperó en la calma de su casa. Se había lavado la cara, pero no pudo hacer nada para ocultar el enrojecimiento de sus ojos ni el agotamiento que se le había instalado en los huesos. Veinte minutos después, puntual como siempre, se abrió la puerta.
Jared estaba allí, y la expresión de su rostro, una mezcla de infinita preocupación y amor, fue todo lo que ella necesitaba. No llevaba la máscara del "comandante" ni la del CEO. Era solo Jared.
No necesitaron palabras. Él simplemente abrió los