252. LA PETICIÓN DE KIERAN

CLARIS:

Reía en brazos de Kieran, quien había resultado ser una compañía inigualable. No quedaba de él nada del hombre que entró en la sala de conferencias y que parecía odiar a todos en la primera ocasión en que lo vi. En su lugar, tenía ante mí a un hombre capaz de adivinar cada uno de mis deseos más íntimos y de complacerme. Eso me llevaba a querer desearlo más y más, despertando en mí los instintos más primitivos y haciéndome sentir amada.

Éramos dos desconocidos que parecían
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