Mundo ficciónIniciar sesiónPerspectiva de Emilio
Llegué al aeropuerto pasadas las tres, antes de lo acordado con Camila, todavía con la cabeza puesta en la videollamada que había tenido esa mañana con un socio real de Houston —la excusa que le había dado a Renata tenía, al menos, la decencia de sostenerse en algo verdadero.
Fue cruzando la terminal de vuelos privados, buscando con la mirada el mostrador donde debía encontrarme con Camila, cuando la vi. O creí verla.
Del otro lado del vidrio que separaba la sala de espera general de la zona de embarque privado, una mujer de espaldas, con el pelo del mismo largo y el mismo color que Renata, caminaba de la mano de una nena que bien podía ser Lucía, seguida un paso por detrás por un hombre alto que cargaba una valija en cada mano. La distancia, el vidrio esmerilado, el reflejo de las luces del techo sobre la superficie, todo se combinaba para negarme la certeza que en ese momento hubiera dado cualquier cosa por tener.
No llevaban equipaje de fin de semana. Llevaban, quienes fueran, demasiado equipaje para unos días.
—¡Renata! —grité, sin estar del todo seguro de a quién le estaba gritando, aunque sabía, incluso mientras lo hacía, que el vidrio y la distancia se tragaban mi voz antes de que llegara a ningún lado.
Corrí hacia el control de acceso, mostrando cualquier identificación que tuviera a mano, tratando de convencer a un agente de seguridad completamente ajeno a mi urgencia de que me dejara pasar. Para cuando logré que alguien al menos escuchara mi nombre, la mujer, la nena y el hombre ya habían cruzado hacia la zona de embarque privado, demasiado lejos como para que yo pudiera confirmar nada. Alcancé a ver, a través del ventanal, un jet privado empezando a rodar por la pista, sin ninguna forma de saber con certeza quién iba adentro.
Camila me encontró ahí, todavía parado frente al ventanal, quince minutos después.
—Emilio, ¿qué pasó? Nuestro vuelo sale en media hora.
—Nada. Me pareció ver a alguien conocido. —Aparté la vista del ventanal, convenciéndome, con esa facilidad que solo da la costumbre de creer lo que a uno le conviene, de que había sido una confusión: Renata odiaba volar, siempre lo había odiado, y no tenía ningún motivo real para estar en un aeropuerto un jueves a la tarde. Era imposible. Tenía que ser imposible.
Embarcamos media hora después. Pasé buena parte del vuelo mirando por la ventanilla sin ver realmente el paisaje, con esa mujer que se parecía tanto a Renata todavía instalada en algún rincón de la cabeza, negándose a desaparecer del todo por más que yo insistiera en descartarla.
Los días en Houston transcurrieron entre reuniones que apenas logré seguir con atención y una revisión casi obsesiva del teléfono, esperando algún mensaje de Renata que nunca llegó. No me pareció extraño al principio: rara vez me escribía cuando yo viajaba, acostumbrada como estaba a que yo tampoco lo hiciera. Recién el segundo día empecé a notar el silencio de un modo distinto, más parecido a una ausencia real que a una simple costumbre. Le mandé dos o tres mensajes cortos, sin respuesta de vuelta, y me convencí de que estaría ocupada con Lucía, o simplemente cansada de mis excusas, sin sospechar todavía cuánto de razón tenía esa segunda idea.
Volví el jueves, tal como le había prometido, con la conciencia relativamente tranquila y una sensación persistente, incómoda, que no terminaba de nombrar. La casa me recibió en un silencio distinto al de siempre. Subí directo al vestidor, sin saber bien qué estaba buscando, y ahí, sobre la cómoda donde guardaba mis gemelos, encontré exactamente lo que Renata había querido que encontrara: el estuche de la pulsera, cerrado; una carpeta con el acuerdo de divorcio ya firmado de su lado, esperando solo mi firma; una nota manuscrita que leí tres veces sin que las palabras terminaran de asentarse del todo; y un teléfono que no reconocí, con la pantalla todavía encendida, mostrando una carpeta de archivos titulada simplemente: Camila.
Recién entonces até cabos con la mujer del aeropuerto, con Lucía de la mano, con el hombre de las valijas. No había sido una confusión. Había sido Renata, yéndose para siempre, mientras yo, a quince metros de distancia, prefería creer que mis ojos me engañaban antes que enfrentar lo que tenía justo enfrente.
No hizo falta abrir más que dos o tres de esos archivos para entender que Renata sabía, desde hacía meses, muchísimo más de lo que yo jamás hubiera imaginado.
La llamé esa misma noche. Y la siguiente. Le escribí mensajes que empezaron pidiendo explicaciones y terminaron, con el correr de los días, pidiendo simplemente una señal de que seguía viva, de que Lucía estaba bien, de que en algún momento iba a estar dispuesta a escucharme.
No hubo una sola respuesta.
Mandé a uno de mis hombres a preguntar, con la mayor discreción posible, si la familia Salvatierra tenía movimiento reciente en su residencia principal. La respuesta que recibí tres días después no hizo más que profundizar la angustia que ya no me abandonaba ni de noche: Renata y Lucía no estaban ahí. Nadie, ni siquiera los contactos que durante años había cultivado dentro del territorio Salvatierra, podía decirme con certeza dónde se encontraba mi esposa.
Por primera vez en mi vida adulta, no tenía ningún control sobre la situación. Y esa sensación, descubrí con una claridad que dolía más que cualquier otra cosa, era exactamente la misma que le había hecho sentir a Renata durante meses enteros, sin que yo me molestara nunca en notarlo.







