El trayecto al juzgado fue más silencioso que los otros.
No porque hubiera menos que decir.
Porque todo ya estaba dicho en los cuerpos.
En la forma en que Elena apretaba la estrella amarilla que Sofía le había metido en el bolsillo “por si hacía falta”.
En cómo Valentina llevaba las manos cruzadas sobre el regazo, como si así pudiera impedir que le temblaran.
En la carpeta de Rodrigo, ahora más delgada y más peligrosa.
Y en el asiento trasero, donde Paula revisaba una y otra vez los documentos