Elena se despertó antes que el sol.
No porque hubiera descansado.
Porque el cuerpo ya no sabía dormir cuando Daniel callaba demasiado.
El silencio, a esas alturas, era solo otra forma de amenaza.
Sofía seguía dormida con la mejilla hundida en la almohada y la mano sobre la caja morada.
Mateo, en la cama plegable del otro lado, abrazaba el dinosaurio sin cola como si el cuerpo entero hubiera aprendido a protegerse mientras dormía.
Los dos seguían ahí.
No separados.
Todavía no.
Elena dejó que esa