Carmen no entró de inmediato.
Se quedó en el umbral.
Con el abrigo claro mal cerrado.
Con el sobre grande apretado contra el pecho.
Y con los ojos clavados en el salón.
No en Elena.
No en Rodrigo.
En los niños.
Sofía estaba sentada dentro de la fortaleza de cojines.
Mateo, a su lado, intentaba pegar una estrella azul en la pared improvisada de una caja.
Los dos levantaron la vista al mismo tiempo cuando oyeron la puerta.
Y por un segundo, el tiempo se quedó quieto.
Carmen dejó escapar el aire d