Valentina cruzó la calle con una bolsa de farmacia en una mano y las llaves del coche en la otra.
No iba arreglada.
No iba seductora.
No iba como una amante de novela barata.
Iba como una mujer que llegaba al parque donde la esperaban los dos hombres de su casa.
Su hijo.
Y el padre de su hijo.
Eso fue lo más insoportable.
La normalidad.
Mateo corrió hacia ella con el dinosaurio verde en alto.
—¡Mamá, mira!
Valentina se agachó para recibirlo.
Lo besó en la cabeza.
Le limpió un hilo de helado de