A las dos y cuarenta y siete, Elena ya estaba estacionada frente al edificio de oficinas de Daniel.
No muy cerca.
No tan lejos.
Lo suficiente para verlo salir.
Lo suficiente para esconderse si hacía falta.
Apagó el motor.
Bajó un poco la ventanilla.
El aire de la tarde entró caliente.
Pesado.
Le pegó en la cara y no sintió nada.
Tenía el teléfono sobre el regazo.
La cámara lista.
Las manos quietas por fuera.
Deshechas por dentro.
Del bolso sacó la hoja de Rodrigo.
La leyó otra vez.
**Respalda t