La caja del banco no olía a dinero.
Olía a papel viejo.
A metal frío.
A cosas guardadas para no perderse por completo.
Elena llegó al Banco Unión a las once y nueve con la autorización provisional del juzgado en el bolso, la libreta azul apretada contra el pecho y la sensación de estar yendo a desenterrar una parte de sí misma que Daniel había querido tocar antes que ella.
Rodrigo caminaba a su lado.
Paula, dos pasos detrás, cargaba la carpeta con la denuncia, el bloqueo de acceso y la ampliaci