La frase siguió flotando en la casa mucho después de que Mateo se durmiera.
Yo no quiero ser el que sobra.
Elena la oyó en la cocina mientras lavaba una taza que no estaba sucia.
La oyó en el pasillo mientras apagaba la lámpara del salón.
La oyó cuando Sofía guardó las estrellas en la caja morada “por si Mateo vuelve a pensar feo”.
La oyó incluso cuando ya estaba acostada, con el cuerpo derrotado y la mente todavía encendida.
No había forma de no oírla.
No esa.
A las seis y cuarenta y siete de