La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas de mi habitación cuando Rocco llamó a mi puerta. No había sido una orden, ni una instrucción. Solo una pregunta, formulada con una torpeza que me resultó más conmovedora que cualquier gesto ensayado.
—Verónica —dijo, desde el pasillo—. ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? En un restaurante, fuera de la mansión.
La pregunta me tomó por sorpresa, no porque no hubiera pensado en salir, sino porque nunca había sido él quien lo proponía.
—¿