La noche se había asentado sobre la mansión con una quietud que ya no nos asustaba. Las llamas de la chimenea bailaban en el salón, proyectando sombras cálidas sobre los muebles de madera. Rocco y yo estábamos sentados en el sofá, con una taza de té entre las manos y la distancia entre nosotros reduciéndose a un suspiro. No había nada que resolver, nada que investigar, nada que temer. Solo nosotros, el fuego y el silencio que comenzaba a sentirse como un hogar.
—Verónica —dijo Rocco, rompiendo