El amanecer en los viñedos llegó envuelto en una neblina espesa y silenciosa. Cuando abrí los ojos, la luz grisácea se filtraba por las rendijas de las persianas de la casona, pero el frío de la madrugada seguía calándome los huesos. Me incorporé lentamente, sintiendo el peso del cansancio en cada músculo, y descubrí que Rocco ya no estaba sentado en el suelo junto a la pared.
Estaba de pie frente a la ventana del salón, con una taza de café en la mano y la mirada fija en las hileras de vides q