La lluvia fina de la madrugada continuaba golpeando los ventanales de mi habitación, pero el sonido del agua contra el cristal ya no lograba calmar el torbellino de emociones que me consumía por dentro. Llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama, con las manos temblorosas apretando el reloj cronómetro de oro blanco de Rocco Altamirano.
El objeto había caído de su muñeca herida cuando el pasador se fracturó en la entrada de mi puerta. Rocco no lo había notado entre la furia y el cans