El reloj digital de mi teléfono marcaba las seis y cuarenta y cinco de la mañana cuando entré a la habitación de Rocco, cargando un pequeño botiquín de primeros auxilios de metal que le había arrebatado al mayordomo en el pasillo.
Las reglas de nuestra convivencia obligatoria acababan de dar un giro drástico. Ya no éramos solo la prisionera y el tutor, el ataque del intruso en el vestíbulo y el adelanto de la auditoría forense de Mauricio Beltrán nos habían convertido, muy a mi pesar, en aliado