—Verónica... esta es la segunda vez que colapsas en mis brazos en menos de veinticuatro horas —murmuró Rocco, apretando su agarre en mi cintura, obligándome a sostenerle la mirada—. Esto no es solo migraña ni es solo luto. Tienes la piel de un muerto y tus manos no dejan de temblar. ¿Qué demonios es lo que me estás ocultando en esta casa?
El pánico me devolvió la fuerza que mis piernas habían perdido. Sentir la presión de sus dedos en mi costado, justo a la altura donde mi cuerpo comenzaba a ca