El aroma a café recién molido y madera encerada inundaba el gran vestíbulo de la planta baja cuando bajé las escaleras a la mañana siguiente. Mis piernas aún se sentían sutilmente débiles, y el estómago me dio un vuelco incómodo ante el primer pensamiento de comida, pero mantuve la barbilla en alto.
En mi bolsillo derecho, el llavero de plata con el pin oculto parecía quemarme la piel. Al llegar al pasillo de la biblioteca, descubrí que Rocco ya había cumplido su promesa. Las imponentes puertas