La mansión había quedado en silencio, pero no era el silencio vacío de otras noches. Era un silencio que todavía vibraba con lo que habíamos vivido horas antes, el infiltrado desenmascarado en el invernadero, la mirada de Verónica cuando le prometí que unidos, no había nada que no pudiéramos manejar. Yo mismo lo había dicho sin pensarlo demasiado, y sin embargo, sentado ahora frente al escritorio de mi estudio, entendía que aquella frase no había sido solo un consuelo para ella. Había sido, tam