No sé cuánto tiempo estuvimos así, sentados en el borde de mi cama, con sus brazos rodeándome y mi cabeza apoyada contra su pecho. El reloj del pasillo dio las dos, y ninguno de los dos se movió. No hacía falta, Después de la noche del infiltrado, después de la tensión que todavía nos recorría el cuerpo como un eco, ese silencio era lo único que tenía sentido.
Fue Rocco quien lo rompió primero, y su voz sonó distinta a como la había escuchado antes, más baja, más desnuda.
—Verónica —dijo, sin s