La mañana después de la victoria ante la junta amaneció con una luz limpia que se filtraba a través de las cortinas. Me desperté con la sensación de que algo había cambiado. No era el silencio de la mansión, ni el aroma del café que llegaba desde la cocina. Era la certeza de que, aunque la batalla externa estuviera ganada, algo dentro de la casa seguía moviéndose en las sombras.
Rocco ya había bajado cuando llegué a la cocina. Estaba sentado frente a la mesa con una taza de café en la mano y la