Askeladd frunció el ceño con visible repulsión. Aquello que había escuchado le causaba verdadero asco. Había recorrido el continente dejando un rastro de rumores sobre su nombre, y ninguno lo pintaba como un santo. Sin embargo, jamás, ni una sola vez en su vida, se había dicho de él que forzara a una hembra.
Las que se acercaron y murieron por no soportar la salvajidad de Askeladd, fueron advertidas por él mismo, tal y como lo hizo con Azucena. Ninguna fue engañada, ni forzada, ni eran ignorant