A la mañana siguiente, me desperté con la puerta cerrada y mayor sorpresa: ¡Mi silla!
La misma silla que creí perdida por culpa de los paparazis.
Sin dudarlo, me subí a ella y comencé con mi rutina diaria. Sin embargo, no pude evitar verme fijamente en el espejo. La bofetada no había dejado marca, pero aún podía sentirla.
—Maldita bruja —susurré, lavándome los dientes con más fuerza de la habitual.
Si ella creía que iba a ordenarme que hacer como si fuera la señora de este pethouse, yo le r