Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que Alessya me había apachurrado al entrar a su casa. Casi me convertí en un muñeco maleable por el excesivo manoteo. Decir que me recibió con el mejor de los ánimos sería quedarme corta.
Ya tenía una habitación preparada para mí y completamente decorada en rosa. Así mismo, compró dos de todo. Vasos, platos, me compró ropa, hasta cepillo de dientes.
Agradecí, algo avergonzada, ya que había traído mi maleta con ropa que también era nueva, cortesí