Mantuve mi bastón elevado, listo para propinarle una paliza de ser necesario.
No sabía quién era, pero encontrarse a un desconocido en el patio de la casa de tu amiga en medio de la noche, no estaba muy bien visto.
—¡Maldición! ¿Qué carajos me echaron? —El hombre permaneció de rodillas, limpiándose los ojos con la manga del saco.
—¡Aceite de cocina! —habló una tambaleante Alessya, orgullosa de su actuar valiente.
El hombre parpadeó repetidas veces, subiendo la cabeza para contemplarnos. Su