El descenso a los túneles de "The Loop" en Chicago fue como entrar en las venas de un gigante moribundo.
Aquí, bajo el asfalto electrificado, el aire era frío y húmedo, cargado con el olor a moho y metal viejo. Pero lo más perturbador no era el ambiente, sino el sonido. Un murmullo constante, como el susurro de miles de voces hablando al mismo tiempo, vibraba en las paredes de hormigón.
Son los Ecos dijo Mateo, apretando la bobina de cobre contra su oreja. Sus ojos estaban fijos en la penumbra