El aire de la Tierra, diez mil años después del estancamiento del tiempo, no olía a ozono ni a ceniza.
Olía a una vegetación metálica, un aroma dulzón y ferroso que se filtraba por los conductos de ventilación de la Odisea.
Valeria Miller salió de la nave con el corazón latiendo al ritmo de la chispa roja que ahora corría por sus venas.
A su lado, el Mateo que ella había salvado miraba el horizonte con una mezcla de asombro y terror.
El mundo que conocían había desaparecido. En su lugar, se