El sonido ensordecedor del cristal que se rompe resuena por todo el laboratorio subterráneo.
El líquido nutritivo ámbar se derrama por el suelo inferior, arrastrando el cuerpo de Sebastián, ahora envuelto en una armadura de obsidiana más afilada y oscura que nunca.
Aterra sobre una rodilla, jadeando, mientras los restos de los cables neuronales aún cuelgan de su espalda como tentáculos rotos.
Frente a él, la confrontación entre Ricardo y Elena de 1995 alcanza su punto álgido.
¡Aléjate, Ricard