El olor a antiséptico y a flores frescas en la habitación del hospital era tan intenso que resultaba sospechoso.
Valeria Miller permanecía inmóvil en la cama, con la mirada fija en el techo de escayola blanca.
Cada fibra de su ser gritaba que algo estaba mal.
Sus músculos recordaban la tensión del combate, el peso de la lanza de plasma y el calor del núcleo solar, pero su cuerpo actual se sentía ligero, casi etéreo, envuelto en una bata de algodón azul que olía a detergente barato.
La enfer